Iglesia Adventista del Séptimo Día Movimiento de Reforma
 

 

Influencia de la Madre

 

Llega hasta la eternidad

La esfera de la madre puede ser humilde; pero su influencia, unida a la del padre, es tan perdurable como la eternidad. Después de Dios, el poder la madre en favor del bien es el más fuerte que se conozca la tierra.

La influencia de la madre no cesa nunca; y si se hace sentir siempre en favor del bien, el carácter de sus hijos atestigua el fervor y valor moral de ella. Su sonrisa y estímulo puede ser una fuerza que inspire. Puede comunicar alegría al corazón de su hijito mediante una palabra de amor, una sonrisa de aprobación....

Cuando su influencia está de parte de la verdad y la virtud cuando la sabiduría divina guía a la madre, ¡cuánto poder ejercerá su vida en favor de Cristo! Su influencia llegará través del tiempo hasta la eternidad. ¡Cuán solemne es pensar que las miradas, palabras y acciones de la madre darán fruto en la eternidad, y que de su influencia resultará la salvación o la ruina de muchos!

Muy poco se percata la madre de que su influencia en educación juiciosa de sus hijos atraviesa con tanto poder las vicisitudes de esta vida para extenderse hasta la venidera inmortal. Para formar un carácter de acuerdo con el Modelo celestial se requiere mucha labor fiel, ferviente y perseverante; pero será recompensada, porque Dios es galardonador de todo trabajo bien dirigido en la salvación de almas.

Tal madre, tales hijos

El vínculo terrenal más tierno es el que liga a la madre con su hijo. Este queda más impresionado por la vida y el ejemplo de la madre que por la del padre, porque aquélla y el niño se ven unidos por un vínculo más fuerte y tierno.

Los pensamientos y sentimientos de la madre ejercerán una influencia poderosa sobre el legado que deje a su hijo. Si ella permite que su mente se espacie en sus propios sentimientos, si cede al egoísmo, si es regañona y exigente, la disposición de su hijo lo reflejará. Así es como muchos han recibido en herencia tendencias casi invencibles hacia el mal. El enemigo de las almas comprende este asunto mucho mejor que numerosos padres. Despliega sus tentaciones contra la madre, sabiendo que si ella no le resiste, él puede por su intermedio afectar a su hijo. La única esperanza de la madre se cifra en Dios. A él puede huir en procura de fuerza y gracia; y su búsqueda no será en vano.

Una, madre cristiana estará siempre bien despierta para discernir los peligros que rodeen a sus hijos. Mantendrá su alma en una atmósfera pura y santa; regirá su genio y sus principios por la Palabra de Dios y, haciendo fielmente su deber, vivirá por encima de las mezquinas tentaciones que siempre la asaltarán.

Sana influencia de una madre paciente

En el transcurso del día se oye gritar muchas, veces: ¡Mamá, mamá! Primero el llamamiento es el de una voz angustiada, y luego de otra. En respuesta, la madre debe volverse de un lado a otro para atender a las demandas. Uno de los hijos está en dificultad y necesita que la sabia cabeza de la madre lo libre de su perplejidad. Otro está tan complacido con alguno de sus juguetes que quiere que su madre lo vea, pues piensa que te agradará tanto como a él. Una palabra de aprobación infundirá alegría a su corazón por varias horas. Muchos preciosos rayos de luz y gozo puede derramar la madre aquí y allí entre sus preciosos pequeñuelos ¡Cuán estrechamente puede, ligarlos a su corazón, de modo que su presencia transforme para ellos cualquier lugar en el más asoleado del mundo!

Pero con frecuencia esas numerosas pruebas menudas, que casi no parecen merecer atención, agotan la paciencia de la madre. Las manos traviesas y los pies inquietos le ocasionan mucho trabajo y perplejidad. Debe sujetar firmemente las riendas del dominio propio, o escaparán de sus labios palabras de impaciencia. Vez tras vez está a punto de perder la calma, pero una oración silenciosa dirigida a su Redentor compasivo serena sus nervios, y puede dominarse con tranquila dignidad. Habla con voz queda, pero le ha costado un esfuerzo refrenar las palabras duras y subyugar los sentimientos de ira, que, de haberse expresado, habrían destruido su influencia, cuya reconquista habría requerido tiempo.

Los niños tienen la percepción rápida, y disciernen los tonos pacientes y amorosos en contraste con las órdenes impacientes y apasionadas, que desecan el raudal del amor y del afecto en los corazones infantiles. La verdadera madre cristiana no ahuyentará a sus hijos de su presencia por su irritación y falta de amor y simpatía.

Amolda mentes y caracteres

Esta responsabilidad recae principalmente sobre la madre, que con su sangre vital nutre al niño y forma su armazón física, le comunica también influencias intelectuales y espirituales que tienden a formar la inteligencia y el carácter. Jocabed, la madre hebrea de fe robusta y que no temía "el mandamiento del rey," fue la mujer de la cual nació Moisés, el libertador de Israel. Ana, la mujer que oraba, abnegada y movida por la inspiración celestial, dio a luz a Samuel, el niño instruido por el Cielo, el juez incorruptible, el fundador de las escuelas sagradas de Israel. Elisabet, la parienta de María de Nazaret y animada del mismo espíritu que ésta, fue madre del precursor del Salvador.

Lo que el mundo debe a las madres. El día de Dios revelará cuánto debe el mundo a las madres piadosas por los hombres que defendieron resueltamente la verdad y las reformas, hombres que fueron audaces para obrar y avanzar, que permanecieron indómitos entre pruebas y tentaciones; hombres que antes que los honores mundanales o la vida misma prefirieron los altos y santos intereses de la verdad y de la gloria de Dios.

Madres, despertad y reconoced que vuestra influencia y vuestro ejemplo afectan el carácter y el destino de vuestros hijos; y en vista de vuestra responsabilidad, desarrollad una mente bien equilibrada y un, carácter puro, que reflejen tan sólo lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Falsos Conceptos Acerca de la Obra Materna

Tiende a restar importancia a su obra

Con frecuencia le parece a la madre que su trabajo es un servicio sin importancia, una obra que rara vez se aprecia; y que los demás saben muy poco de sus muchas cuitas y ocupaciones. Si bien sus días están ocupados con una larga lista de pequeños deberes, todos los cuales exigen esfuerzos pacientes, dominio propio, tacto, sabiduría y amor abnegado, ella no puede jactarse de haber realizado algo grande. Tan sólo ha logrado que las cosas del hogar marchen suavemente. A menudo cansada y perpleja, ha procurado hablar bondadosamente a los niños, mantenerlos ocupados y felices, guiando sus piecitos en la buena senda. Y le parece que no logró nada. Pero no es así. Los ángeles celestiales observan a la madre agobiada, y toman nota de la carga que lleva día tras día. Tal vez su nombre no haya sido oído en el mundo, pero está escrito en el libro de la vida del Cordero.

La esposa y madre fiel ... cumplirá sus deberes con dignidad y buen ánimo; no considerará que sea degradante hacer con sus propias manos cuanto sea necesario hacer en una casa bien ordenada.

No es inferior al servicio misionero

¡Cuán importante es esta obra! Y sin embargo oímos a algunas madres suspirar por la obra misionera. Si tan sólo pudiesen ir a algún país extranjero, considerarían que eso sería hacer algo que vale la pena. Pero la asunción de los deberes diarios en el hogar y el cumplimiento de ellos les parecen tarea agotadora e ingrata.

Las madres que suspiran por un campo misionero lo tienen a mano en el círculo de su propio hogar.... ¿No son las almas de sus hijos de tanto valor como las de los paganos? ¡Con cuánto cuidado y ternura debe ella observar sus mentes que se desarrollan y vincular con Dios todos los pensamientos de ellos! ¿Quién puede hacer esto tan eficazmente como una madre amante que teme a Dios?*

Hay quienes piensan que a menos que estén relacionados directamente con la obra religiosa activa, no están haciendo la voluntad de Dios; pero esto es un error. Cada uno tiene una obra que hacer para el Maestro; y es una obra admirable la que consiste en hacer que el hogar resulte agradable y todo lo que debe ser. Los talentos más humildes, si el que los recibió entrega su corazón a Dios, harán de la vida en el hogar todo lo que Dios quiere que sea. Una luz brillante resplandecerá como resultado del servicio rendido de todo corazón a Dios. Hombres y mujeres pueden servir a Dios tan seguramente como el ministro en el púlpito, si prestan fervorosa atención a lo que han oído y educan a sus hijos de manera que vivan temiendo ofender a Dios.

Las mujeres que, haciendo con buena voluntad lo que sus manos hallen por hacer, ayudan con espíritu alegre a sus esposos, a llevar sus cargas y educan a sus hijos para Dios, son misioneras en el sentido más elevado.

No reemplazan el cuidado de la familia

Si Vd. pasa por alto su deber como esposa y madre, y extiende las manos para que el Señor le confíe otra clase de trabajo, tenga por seguro que él no se contradirá; le señala el deber que Vd. debe hacer en casa. Si Vd. piensa que le ha sido confiada alguna obra mayor y más santa, está equivocada. Siendo fiel en su hogar y trabajando por las almas de aquellos que están más cerca de Vd., puede obtener idoneidad para trabajar por Cristo en un campo más amplio. Pero tenga la seguridad de que quienes descuidan su deber en el círculo familiar no están preparados para trabajar en favor de otras almas.

El Señor no la ha llamado a descuidar su hogar, su esposo y sus hijos. Nunca obra él así, ni lo hará jamás. . . . No piense por un momento que Dios le haya dado una obra que le exija que se separe de su pequeño pero precioso rebaño. No lo abandone exponiéndolo a que lo desmoralicen las compañías impropias y sus corazones se endurezcan contra su madre. Esto sería dejar brillar su luz en forma por completo errónea y hacer difícil que sus hijos lleguen a ser lo que él quiere que sean y al fin ganen el cielo. Dios se interesa por ellos, y Vd. también debe interesarse en ellos si es hija de él.

Durante los primeros años de la vida [de los niños] es cuando se ha de trabajar por ellos, velar, orar y alentar toda buena inclinación. Esta obra debe realizarse sin interrupción. Tal vez se le inste a Vd. a asistir a reuniones de madres y de costura, para hacer obra misionera; pero a menos que deje al lado de sus hijos una persona fiel que los instruya comprensivamente, es deber suyo contestar que el Señor le ha confiado otra obra que de ningún modo Vd. puede descuidar. No puede excederse en el trabajo de cualquier ramo sin descalificarse para la obra de educar a sus pequeñuelos y hacer de ellos lo que Dios quiere que sean. Como colaboradores de Cristo debe llevarlos a él disciplinados y preparados.

Gran parte de la deformación que sufre el carácter de un niño mal preparado es culpa de la madre. Esta no debe aceptar cargas de la iglesia que le obliguen a descuidar a sus hijos. La mejor obra a la cual puede dedicarse una madre consiste en que no se pierda una sola puntada en la educación de sus hijos....

De ninguna otra manera puede una madre prestar más ayuda a la iglesia que consagrando su tiempo a los que de ella dependen por su instrucción y preparación.

Vanas aspiraciones a tener un campo más amplio

Algunas madres anhelan dedicarse a la labor misionera, mientras que descuidan los deberes más sencillos que les tocan directamente. Descuidan a sus hijos y no contribuyen a que el hogar sea un lugar alegre y feliz para la familia, pues se quejan y regañan con frecuencia, de modo que los jóvenes se crían con el sentimiento de que su casa es el lugar menos atrayente. En consecuencia, esperan con impaciencia el momento de abandonarlo, y con poca vacilación se lanzan al vasto mundo, sin que los refrene, la influencia del hogar ni los tiernos consejos de la familia.

Los padres, cuyo objeto debiera haber, sido vincular consigo a estos corazones juveniles y guiarlos correctamente, desperdician las oportunidades que Dios les dio, no ven los deberes más importantes de su vida, y aspiran vanamente a trabajar en el ancho campo misionero.